Arzúa
Hoy el peregrino llega a la última provincia del Camino de Santiago, A Coruña, ya falta menos.
Tras salir de Palas de Rei por el Campo dos Romeiros se llega en una zona dominada por una antigua devoción a San Xulián. La leyenda recogida por Jacobo de Vorágine dice que Julián, un noble soldado, da muerte por error a sus padres. Para purgar su pecado se establece como hospitalero con su esposa Adela, hasta que recibe la visita de un ángel comunicándole el perdón divino.
El ayuntamiento de Arzúa se encuentra situado en el centro sur de la provincia coruñesa, limitando a través del río Ulla con la de Pontevedra. Su superficie es de 157,8 kilómetros cuadrados, una de las más extensas entre los ayuntamientos coruñeses. Tiene una población de 7.014 habitantes (censo de 1996), lo que le da una densidad de 44,44 habitantes por kilómetro cuadrado.
Arzúa era la última población importante antes de llegar a Compostela, a mitad de camino entre Palas de Rei y Santiago. Era la decimotercera y última etapa del Camino Francés, según el Códice Calixtino. El nombre que se le daba entonces era el de Vilanova de Arzúa, y la ruta jacobea lo atravesaba por una «calle», la que hoy bordea la capilla de la Madanela.
Entre los personajes importantes que nacieron en el ayuntamiento podemos citar a Xoan de Arzúa. Él fue, a comienzos del siglo XV, el que instituyó en Allariz la famosa corrida de toros durante la procesión del Corpus, que duró hasta 1935. Sucedió que siendo privilegio real de Allariz que ningún caballero podía entrar en la villa montado a caballo, Xoan de Arzúa se apeó del suyo, pero montó sobre un toro que casualmente pasaba por el lugar y así entró por las calles alaricanas. El mismo caballero donó tierras para que se celebrase anualmente una corrida en recuerdo del hecho, poniendo sobre el toro un muñeco en lugar de caballero vivo.
En la parte vieja de Arzúa se encuentra el antiguo convento de la Magdalena, fundación agustina del siglo XIV que mantuvo una alberguería para peregrinos pobres y que hoy está en ruinas. Muy cerca se levanta la moderna iglesia parroquial de Santiago, que posee dos imágenes del Apóstol, una como Peregrino y otra como Matamoros. Arzúa es una localidad moderna de casi seis mil habitantes muy bien provista de servicios para el peregrino
Monte do Gozo
El ansiado final hace que los pies, llagados y doloridos, de repente cobren alas. La última parada y fonda antes de adentrarse en Santiago de Compostela y caer de rodillas en su Plaza del Obradoiro. Es la última etapa para llegar a la meta marcada hace 775 kilómetros en la rojiza San Juan de Pie de Puerto. Están a punto de finalizar los días de prados, ovejas, literas, sombra, solana, barro, conversación, misticismo, religiosidad, cereal, viñedos, sopas de ajo, sandalias frailescas, ampollas, piedras, vidrieras, arbotantes, arquivoltas, cacao, tiritas, botas, rectas, curvas, sacrificios y empeños. Llegamos al Monte do gozo. Llamado también Monte San Marcos o Monte del Monjoi o Monte Gaudii, el nombre por el que es más conocido expresa claramente el júbilo que los peregrinos sentían al contemplar desde esta colina la ciudad y la catedral de Santiago.
Aquí se encontraba una capilla dedicada a la Santa y Reverencial Cruz, construida por Gelmírez en 1105. En la capilla los peregrinos se postraban en señal de agradecimiento por haber llegado hasta aquí. Abandonada en el siglo XVII, apenas quedaban restos a principios de este siglo. Junto a ella se levantaba una cruz de término.
También es un punto de sacrificio ya que desde el comienzo de las peregrinaciones los peregrinos que habían viajado a caballo proseguían el camino a pie, tal y como hicieron la reina santa Isabel de Portugal (en julio de 1325) o Alfonso XI. Otros recorrían este último trayecto descalzos.
Actualmente hay un enorme complejo preparado para recibir a todos los peregrinos, con 600 plazas, camping y un centro urbano con todo tipo de servicios dedicados a la ruta jacobea. Además se ha construido un carril para los peregrinos con un firme perfecto y que garantiza la seguridad de los caminantes. Después de esta etapa de constantes subidas y bajadas, son muchos lo que ya tiene clara una cosa: las piernas sufren más en los descensos, sobre todo en la última cuesta que va hasta Santiago.
Desde el gran complejo en que se ha convertido el Monte do Gozo se ve, por fin, Santiago de Compostela y sus torres barrocas de la capital. La meta de la gran ruta jacobea: El feliz caminante descubre una ciudad de piedras oscurecidas por el paso del tiempo y por la humedad. Rúas viejas con olor a Ribeiro y a pulpo se diseminan por todo el Casco Antiguo. La catedral en plena plaza del Obradoiro representa el cúlmen del Camino, en ella descansa, según la leyenda, el apóstol que ha hecho que miles de personas emprendan un viaje lleno de cansancio y experiencias que se convertirán en recuerdos para toda la vida.